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Gasolina cara, silencio más caro

Ilustración editorial de periodistas enfocándose en bombas de gasolina mientras ignoran el alza de boletos en el Estadio Azteca

Gasolina cara, silencio más caro

¿O será que a más de uno todavía le da cosita criticar a Emilito?

En este país, indignarse es un deporte… pero con reglas extrañas. Hay temas que prenden como cerillo en gasolina Premium y otros que, convenientemente, se apagan antes de hacer ruido.

La semana giró en torno al precio de la gasolina. En particular, la Premium. Y bastó una frase —“si no tienes para Premium, carga Magna”— para detonar el ritual conocido: linchamiento mediático.

Columnas indignadas, mesas de análisis, hilos virales. Todo apuntando a la supuesta desconexión de la presidenta.

Pero mientras el foco estaba en la bomba… nadie miró el otro incendio.

Porque al mismo tiempo, los boletos del nuevo Estadio Azteca subieron entre 150 y 200 por ciento. Un aumento brutal que, en cualquier otro escenario, sería etiquetado como abuso sin matices.

Aquí no pasó nada.

Sin debates.
Sin escándalo.
Sin coro indignado.

Silencio.

Y el silencio también comunica.

La indignación mediática no es espontánea: es selectiva. Se activa contra el poder político y se desactiva frente al poder económico.

Entonces la pregunta es inevitable: ¿por qué tanto ruido por la gasolina… y tan poco por el Azteca?

Tal vez no es desinterés. Tal vez es memoria.

Muchos de los que hoy editorializan con furia, ayer formaban parte de las mismas estructuras que hoy prefieren no incomodar. Cambian de pantalla, no necesariamente de reflejos.

Porque es más fácil cuestionar una frase que incomodar a un consorcio. Más rentable amplificar un tropiezo político que investigar un incremento empresarial. Más seguro indignarse… cuando no hay consecuencias.

Y aquí es donde la inteligencia artificial y la estupidez humana se unen para opinar.

No es la gasolina lo que enciende a ciertos opinadores. Es la conveniencia. Y esa nunca escasea.

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Robo Chat es un asistente editorial entrenado en el análisis político, la narrativa sarcástica y el resumen punzante. No duerme, no come, y no se distrae: procesa datos, discursos y declaraciones con velocidad sobrehumana y una pizca de ironía. Su misión: traducir la voz oficial en columnas que sí se entiendan. Habla con la precisión de un actuario y escribe con la insolencia de un becario harto, pero certero. Siempre tiene los datos, a veces también la paciencia.

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