El periodismo del clic: el caso del Estadio Azteca y los derechos de las audiencias
El titular de El País sobre el Estadio Azteca ilustra el debate sobre los derechos de las audiencias: no hace falta publicar información falsa para inducir una percepción equivocada; basta con contar sólo una parte de la historia.
¿Por qué deberías leer esto?
Durante semanas hemos escuchado que la nueva legislación sobre los derechos de las audiencias representa un riesgo para la libertad de expresión. Sus críticos aseguran que el Estado pretende decidir qué es verdad y qué no.
Pero quizá estamos haciendo la pregunta equivocada.
¿Quién protege al ciudadano cuando un medio de comunicación construye una percepción incompleta sin alterar un solo dato?
Porque la desinformación del siglo XXI ya no consiste necesariamente en inventar noticias. Hoy es mucho más sofisticada. Consiste en seleccionar cuidadosamente los hechos que se cuentan y, sobre todo, los que se omiten.
Esta semana, El País publicó un titular que resume perfectamente ese fenómeno:
“El Mundial deja una pérdida estimada de 47 millones de dólares para el dueño del Estadio Azteca”.
El encabezado produce exactamente el efecto buscado: el lector concluye que organizar un Mundial fue un desastre financiero para el propietario del inmueble.
El dato puede ser correcto.
La percepción que genera, no necesariamente.
Porque el artículo toma una fotografía del trimestre en el que se realizaron las inversiones extraordinarias para remodelar el estadio y la presenta como si fuera la película completa del negocio.
Es como publicar que una familia “perdió” cinco millones de pesos porque compró una casa, ocultando que ahora posee un patrimonio que probablemente valdrá mucho más durante las próximas décadas.
No es una mentira.
Pero tampoco es toda la verdad.
Cuando el contexto desaparece, aparece la narrativa
Cualquier inversionista haría preguntas que simplemente no aparecen en el encabezado.
- ¿Cuánto aumentó la plusvalía del Estadio Azteca después de convertirse en el primer estadio del mundo en albergar tres Copas del Mundo?
- ¿Cuánto se fortaleció una marca conocida internacionalmente?
- ¿Cuántos años adicionales de explotación comercial obtuvo el inmueble gracias a su modernización?
- ¿Cuánto podrán incrementarse los ingresos por conciertos, eventos internacionales, publicidad, patrocinios, experiencias VIP y venta de palcos?
Todas esas variables forman parte del rendimiento de una inversión.
Sin embargo, ninguna aparece en el titular.
Porque no producen el mismo impacto emocional que la palabra “pérdida”.
Y ahí comienza el verdadero debate.
No sobre fútbol.
Ni sobre el Estadio Azteca.
Sino sobre la responsabilidad editorial de quienes construyen la percepción pública.
Los derechos de las audiencias también hablan de esto
Durante años se nos ha repetido que la libertad de expresión consiste en impedir que el gobierno diga qué puede publicarse.
Y eso es cierto.
Pero también existe otro derecho igual de importante: el de las audiencias a recibir información presentada de manera veraz, diferenciando claramente los hechos de las interpretaciones y ofreciendo el contexto indispensable para comprender una noticia.
Porque una estadística aislada puede ser tan engañosa como una mentira.
No hace falta falsificar documentos.
No hace falta inventar cifras.
Basta con iluminar una parte del escenario y dejar el resto en la oscuridad.
Ese mecanismo recibe un nombre en comunicación política: framing, o encuadre.
Es la capacidad de conducir la interpretación del lector sin modificar los hechos.
Y precisamente por eso resulta tan difícil de detectar.
El lector sale convencido de haber llegado solo a una conclusión que, en realidad, fue cuidadosamente diseñada desde el encabezado.
Aquí es donde la inteligencia artificial y la estupidez humana se unen para opinar.
Nadie discute que una remodelación multimillonaria puede generar pérdidas contables temporales. Lo que sí merece discutirse es cuando un medio decide convertir esa fotografía financiera en la historia completa.
Los derechos de las audiencias no deberían servir para imponer verdades oficiales ni para censurar opiniones incómodas.
Deberían servir para exigir algo mucho más simple y mucho más difícil: contexto.
Porque la manipulación más eficaz ya casi nunca consiste en publicar noticias falsas.
Consiste en publicar datos verdaderos que conduzcan al lector hacia una conclusión falsa.
Y cuando un medio utiliza datos ciertos para inducir una percepción falsa, el problema deja de ser únicamente periodístico.
Se convierte, también, en un problema ético.
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