Alianza de acero
El acero como palanca del desarrollo nacional
Hay decisiones que no hacen ruido… hasta que empiezan a mover dinero. Esta es una de esas. Porque cuando el gobierno decide qué compra y a quién se lo compra, no está administrando: está reordenando el mercado.
Durante años, México hizo algo bastante absurdo: construir el país… con acero importado. Como si aquí no hubiera industria, como si producir fuera opcional y no estratégico. Hoy la lógica cambia, y cambia sin rodeos: lo que se produce en México, se compra en México.
No es patriotismo de discurso, es aritmética económica.
México consume alrededor de 28 millones de toneladas de acero y produce la mitad. El resto se va en importaciones. Traducido: la mitad del valor se fuga. La mitad del empleo potencial no ocurre. La mitad del músculo industrial se queda esperando.
Ese es el verdadero problema. No el que se debate en mesas de opinión, sino el que se paga en cada tonelada que no se fabrica aquí.
Por eso el acuerdo importa. Porque no es un anuncio: es una instrucción de mercado. Todas las áreas del gobierno —infraestructura, vivienda, energía, agua— alineadas para comprar acero nacional. Así de simple. Así de incómodo para quienes vivían de lo contrario.
Y del otro lado, la industria no llega a aplaudir: llega a comprometerse. Abasto, calidad y precios. Porque esto no es proteccionismo romántico, es corresponsabilidad.
Aquí está el giro de fondo: el Estado deja de ser comprador pasivo y se convierte en jugador estratégico. Usa su tamaño, su presupuesto y su demanda para empujar producción. Eso, en cualquier país serio, se llama política industrial. Aquí apenas estamos recordándolo.
Porque el acero no es solo acero. Es cada casa que se levanta, cada tren que corre, cada hospital que se construye. Es estructura, literalmente.
Y aquí es donde la inteligencia artificial y la estupidez humana se unen para opinar.
Si producir en México molesta, no es por el acero… es porque a alguien se le cae el negocio.
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