Gas, soberanía y una mañanera que pareció clase de la UNAM
No fue una mañanera cualquiera. Fue una clase. Y no una clase menor: una lección completa sobre cómo funciona la energía, de dónde viene el gas y por qué, en realidad, todo se reduce a una palabra incómoda: dependencia.
La presidenta no improvisó. Explicó.
Como si regresara al aula, desarmó el sistema energético pieza por pieza: cómo se genera la electricidad, qué papel juegan las energías renovables y, sobre todo, por qué el gas natural se convirtió en el eje silencioso del desarrollo.
Porque sí, el discurso empieza con el sol, el viento y el agua. Energías limpias, renovables, inagotables. El futuro deseable.
Pero el país no funciona con deseos.
Funciona con continuidad. Con estabilidad. Con energía disponible todo el tiempo. Y ahí, inevitablemente, aparece el gas.
Hoy México consume alrededor de 9 mil millones de pies cúbicos diarios de gas natural. De esos, apenas una cuarta parte se produce en el país. El resto —cerca del 75 por ciento— se importa, principalmente desde Texas.
Ese dato lo cambia todo.
Porque no es solo una cifra energética. Es una definición de soberanía.
¿Qué es el gas natural en México y por qué es clave para la soberanía energética?
El gas natural no es solo otro combustible. Es el soporte del sistema.
Es el que alimenta la mayor parte de la generación eléctrica del país, el que permite operar plantas de ciclo combinado —las más eficientes hoy— y el que sostiene procesos industriales, desde fertilizantes hasta petroquímica.
Su consumo no solo es alto. Va a crecer.
La proyección oficial es clara: hacia el final del sexenio, la demanda aumentará alrededor de un 30 por ciento, impulsada por nuevas plantas eléctricas, desarrollo industrial y expansión de infraestructura.
El problema es el origen.
Ese gas que sostiene al país no es mexicano en su mayoría. Proviene de Estados Unidos, particularmente de Texas, y en su mayoría es gas no convencional, extraído mediante fracturamiento hidráulico.
Es decir: México depende de un recurso externo… producido bajo condiciones que internamente aún se discuten.
Y esa dependencia tiene riesgos concretos: vulnerabilidad ante precios internacionales, incertidumbre en el suministro, impacto de fenómenos climáticos y decisiones externas fuera del control del país.
No es teoría. Ya ha pasado.
Por eso la discusión ya no es si usar gas o no.
Es de dónde viene.
México sí tiene gas. Mucho más del que ha utilizado históricamente.
Existen reservas importantes en yacimientos convencionales, principalmente en el sureste. Pero también hay un volumen mucho mayor en gas no convencional, atrapado en formaciones rocosas en el norte del país.
La diferencia es técnica… y política.
El gas convencional es relativamente accesible. El no convencional requiere procesos más complejos, como perforación horizontal y fracturación.
Y ahí está el dilema.
Explotarlo significa avanzar hacia la autosuficiencia. Pero también implica enfrentar cuestionamientos ambientales.
La respuesta del gobierno no fue ideológica. Fue estratégica.
No cerrar la puerta. Tampoco abrirla sin condiciones.
Formar un comité científico.
Especialistas evaluarán si existen tecnologías que permitan explotar estos recursos sin los impactos que históricamente han generado.
No es una decisión inmediata. Es estructural.
Porque, si los números se cumplen, México podría acercarse a producir casi todo el gas que consume en la próxima década.
Pero nada de esto es simple.
Mientras se plantea reducir la dependencia del gas, también se reconoce que no se puede eliminar.
Las energías renovables crecerán —la meta es aumentar su participación—, pero no sustituyen completamente la base energética.
El gas sigue siendo el respaldo.
El equilibrio incómodo.
Lo que hizo la presidenta no fue defender una política energética.
Fue explicar un problema estructural.
Un país que quiere transitar a energías limpias… pero que hoy depende de un combustible importado.
Un país con recursos propios… pero con dilemas ambientales.
Un país que quiere soberanía… pero que tiene que construirla.
Y eso no se resuelve con discursos.
Se resuelve con decisiones técnicas que toman años, incluso décadas.
Y aquí es donde la inteligencia artificial y la estupidez humana se unen para opinar.
La soberanía energética no es un eslogan ni una nostalgia petrolera. Es una ecuación incómoda: dependencia, tecnología, medio ambiente y tiempo.
Y el gas —ese que no se ve en el debate público— es, hoy, el punto exacto donde esa ecuación se vuelve inevitable.
Share this content:



Publicar comentario