Pluris: el elevador privado de la partidocracia
Nacieron para abrir el Congreso; hoy la pelea es por quién tiene la llave.
Los plurinominales no son el villano por mérito propio. Nacieron para meter pluralidad donde antes solo cabía una voz. El problema es que, con listas cerradas y cúpulas con manos largas, terminaron pareciéndose demasiado a un pase VIP: entras sin tocar puerta, sin sudar campaña y sin escuchar al vecino.
Primero, lo que conviene decir aunque no sea popular: la representación proporcional sirve. Evita que el país se convierta en un monólogo con presupuesto. Permite que existan fuerzas con presencia nacional aunque no ganen distritos. Y, sí, ha abierto espacio a perfiles técnicos y a causas que no siempre conquistan una boleta a golpe de estructura.
Ese era el espíritu del sistema mixto: que el Congreso se pareciera más a la sociedad y menos a una foto oficial.
Ahora, el detonante del enojo: la lista cerrada. Tú votas por un partido; el partido decide quién entra y en qué orden. Traducción: el ciudadano paga el boleto, pero la dirigencia reparte los asientos.
¿Y a quién sientan? Con frecuencia, a la élite interna: dirigencias, operadores, leales, cuotas, compromisos. La representación proporcional —pensada para reflejar diversidad— se vuelve una póliza de seguro. Si estás arriba en la lista, ya estás del otro lado. No hay puerta que tocar, luego no hay cuentas que rendir.
Por eso las listas llenas de figuras cupulares funcionan como gasolina política: sostienen la idea de que hay una clase que nunca pierde, porque siempre tiene una salida de emergencia.
Y ahí entra la coyuntura: la reforma electoral de Claudia Sheinbaum. Su promesa es clara: limitar a las cúpulas, cambiar la forma de elegir plurinominales y recortar el costo del sistema. También asoman medidas como eliminar los senadores de lista nacional y recortar financiamiento a partidos. Pero el nervio está en otro lado: tocar el mecanismo que permite repartir curules como si fueran turnos de oficina.
La política tiene una ley no escrita: cuando metes mano al reparto, aparece el debate de verdad. Y la resistencia no viene solo de enfrente; también brota dentro de la alianza oficialista, porque abrir listas o “ciudadanizar” accesos significa perder control, perder cuotas, perder el elevador privado.
El dilema no es técnico: es de poder. Una cosa es defender el mecanismo que evita el aplastamiento; otra es justificar el uso faccioso que lo volvió blindaje.
Dicho sin anestesia: la institución puede ser democrática; el uso, aristocrático.
Y aquí es donde la inteligencia artificial y la estupidez humana se unen para opinar.
Si los pluris siguen —y razones sobran—, que dejen de ser herencia de cúpulas y vuelvan a ser representación: plural, vigilada y políticamente ganada, no administrada.
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