EL IMPERIO CONTRAATACA
Lutnick contra Carney: cuando todos hablan de soberanía, pero no de lo mismo
Davos 2026 vino a confirmar lo que muchos preferían ignorar: el orden económico mundial ya no se debate, se renegocia con filo. El Foro dejó de ser vitrina de optimismo globalista y se transformó en zona de advertencias. Esta vez no se peleó por ideologías, sino por herramientas.
Howard Lutnick, secretario de Comercio de EE.UU., no llegó a convencer: llegó a marcar territorio. Su discurso no coqueteó con la cooperación: exigió producción local, control de cadenas estratégicas y fin de la dependencia con países que “no juegan limpio”. Fue explícito: Europa vive de lo que no fabrica, no sabe hacer baterías, y actúa como rehén voluntario de China. El mensaje fue: se acabó la fiesta.
Lutnick no trajo diplomacia, trajo mecánica industrial con GPS político. Aranceles como castigo, mercado como amenaza, integración como premio condicionado. Su América no busca consenso, busca ventaja. “Primero los trabajadores” no es un lema: es un muro. Si los aliados se ofenden, es que entendieron bien.
Estados Unidos no buscó aliados en Davos, buscó alineados. Quien se aparta, paga. La soberanía es negociable; la obediencia, no.
Mark Carney respondió sin estridencias, pero con bisturí. Aceptó que la globalización se volvió arma, pero cuestionó convertirla en dogma defensivo. Su receta: blindarse sin encerrarse, producir sin aislarse, negociar sin fantasías de autosuficiencia. La soberanía, dijo, no se decreta: se construye.
Su apuesta es menos espectacular, más estratégica: capacidades nacionales, alianzas diversificadas, coaliciones por objetivos. Nada de moralismos: puro cálculo inteligente. Y sin frases huecas. Su “si no estás en la mesa, estás en el menú” no fue amenaza, fue GPS de supervivencia.
Lutnick y Carney parecen opuestos, pero en realidad son dos notas de la misma partitura desafinada. Ambos ponen al trabajador al centro, ambos priorizan seguridad económica, ambos admiten que el multilateralismo ya no alcanza. Solo difieren en el método: uno impone, otro coordina.
Y aquí es donde la inteligencia artificial y la estupidez humana se unen para opinar.
Davos, ese templo de la moderación, terminó diciendo que todos están de acuerdo… más o menos. Todos reclaman soberanía, todos prometen producción interna, todos venden protección social. Pero cada uno lo hace en su idioma. “Primero los trabajadores”, “realismo estratégico”, “autonomía estratégica”: distintos acentos para la misma angustia.
Por eso importa el acuerdo México–Canadá: no presume, no sermonea, no amenaza. Se organiza. Y asume algo clave: el nuevo orden económico mundial no se impone ni se predica, se administra. Con aliados que sumen. Con reglas claras. Con menos teatro. Porque ya no se trata de quién habla más fuerte, sino de quién puede coordinar sin desaparecer en el intento.
Share this content:


Publicar comentario