Debo no niego, pago no tengo
El agua que no llega, la deuda que sí, y el vecino que amenaza con cobrarse a garrotazos arancelarios.
México y Estados Unidos tienen un viejo matrimonio por conveniencia llamado Tratado de Aguas de 1944. Básicamente, México le entrega agua del Río Bravo a Estados Unidos cada cinco años. No es un favor, es un compromiso firmado, sellado y regado desde hace más de siete décadas.
El problema es que el ciclo actual va mal. Muy mal. México no ha entregado el volumen comprometido, en buena parte por sequías brutales, por mala planeación y por gobiernos que prefirieron patear el bote hidráulico. Hoy hay un adeudo real, medible, documentado. No es chisme: es contabilidad internacional del líquido vital.
¿Por qué ahora Trump revive la amenaza de los aranceles?
Porque cuando no hay agua, el chantaje fluye mejor. Y porque Trump nunca pierde oportunidad de convertir un problema técnico en un espectáculo político.
El exmandatario amagó con subir aranceles a productos mexicanos si México no paga el agua que debe. No es la primera vez que usa el comercio como garrote. Ya lo hizo con migración, con acero, con tomates, con lo que se le ponga enfrente. Hoy le tocó al agua.
El mensaje es simple y rudo: si no pagas con agua, pagas con economía.
¿Qué respondió Claudia Sheinbaum en la Mañanera del Pueblo?
Desde Palacio Nacional, la PresidentA dejó algo muy claro: México sí reconoce el adeudo, pero también puso sobre la mesa el contexto real: no se puede exprimir un río seco.
Sheinbaum habló de cooperación, de diálogo técnico, de comisiones binacionales y de soluciones graduales. Traducción política: debo, no niego. Pago, no tengo… ahorita.
No hubo pleito frontal. Tampoco sumisión. Hubo contención diplomática, que en tiempos de Trump ya es ganancia.
¿México está rompiendo el tratado?
No. México está en incumplimiento parcial, que no es lo mismo que romper. El tratado no dice “páguese aunque el desierto esté en huelga”. Pero sí obliga a compensar cuando las condiciones regresen. El adeudo existe, pero el escenario también.
El tema de fondo no es solo legal. Es climático, agrícola, político y electoral. Porque en Estados Unidos también hay granjeros presionando, elecciones en el radar y un candidato que vive de vender enemigos externos.
¿Por qué este conflicto importa más de lo que parece?
Porque el agua ya es geopolítica pura. Antes eran guerras por petróleo. Ahora son por ríos, presas, acuíferos y lluvia.
Y porque el amago de aranceles no es cualquier cosa: afecta exportaciones, empleo, inversión y tipo de cambio. Es un botón rojo que Trump disfruta oprimir con teatralidad de villano de caricatura.
¿Quién está usando a quién en este pleito?
Trump usa el agua para presionar a México. México usa la sequía para ganar tiempo. Ambos usan el tema para consumo interno.
Mientras tanto, los ríos siguen bajando flacos, los agricultores rezan al cielo, y los tratados se leen como si fueran contratos firmados en otro planeta.
¿Y el pueblo qué?
El pueblo mira cómo desde Washington se amenaza con aranceles y desde Palacio se responde con diplomacia, mientras en el norte del país hay regiones donde el agua ya no es un derecho, es una pelea diaria.
El debate real no es si Trump grita o si Sheinbaum responde bonito. El debate es si México tiene una política hídrica seria o solo parches sexenales con discurso ecológico de martes.
Cierre
Trump amenaza.
México administra la escasez.
El tratado resiste.
El agua no.
Y en medio, el comercio mundial conteniendo la respiración por un río que ya no sabe si alcanza para beber o solo para cobrar.
Y aquí es donde la inteligencia artificial y la estupidez humana se unen para opinar.
Inventamos tratados eternos para ríos que ya se están evaporando.
Amenazamos con aranceles por agua que ya no existe.
Negociamos como si el clima pidiera permiso.
Debo no niego.
Pago no tengo.
Agua tampoco.
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